Y EL PIANO ENCONTRO A LA ISLA DEL COCO ( por Jennifer Loáiciga)
La noche había llegado. Los ojos curiosos y los oídos perceptivos de más de 80 espectadores aguardaban por el inicio de un momento mágico, aunque el misticismo ya los envolvía a todos.
Un barco, el Pacific Explorer, fue el escenario flotante en el que el compositor y pianista Manuel Obregón logró crear una simbiosis perfecta, entre los sonidos de su piano y la majestuosidad de la Isla del Coco.
Por primera vez, un músico costarricense trasladó su música a 500 km del litoral pacífico, para adentrarse en las aguas del Pacífico Oriental Tropical y realizar así la presentación más emotiva que se haya visto en la isla. Algo que será muy
difícil de superar.
Un piano blanco y una tela blanca, en la que se proyectaron las imágenes de Simbiosis y Trance Submarino, complementaron el paisaje natural que proveyó la Isla del Coco. El maestro Obregón parecía dejar su espíritu en cada una de las teclas de aquel piano que cobró vida, gracias a las lágrimas de algunos de los presentes.
La comunión entre los espectadores (unas 140 personas entre pasajeros, guardaparques, biologos, tripulantes e invitados) y Obregón fue exquisita. Nada logró interrumpir aquel momento, excepto la lluvia de aplausos, silbidos y “bravos” que emanaban en conjunto de la audiencia satisfecha.
29 y 30 de abril de 2008: dos noches que hicieron historia en la música costarricense, y donde también dejaron huella las dos instituciones que organizaron este viaje: la Organización para Estudios Tropicales (OET) y la Fundación Amigos Isla del Coco, que promovieron el arte a favor de la naturaleza.
LEON GIECO EN SAN JOSE ( por Isabel Ducca D.)
Durante la gira con la Orquesta del Río Infinito
foto por Julia Ardón.
León Gieco merece mucho más que un comentario de unos párrafos para no aburrir al lector. Se merece un homenaje que, por supuesto, no alcanzaré a hacer. A pesar de eso, me atrevo a hablar de este cantautor porque muere, renace, resucita y le canta a la vida, al amor y a la solidaridad desde una América Latina desgarrada, herida y sangrante por quinientos años de bandidaje extranjero y nacional. Para quien no sepa de quién se trata. León Gieco es el autor y compositor de ese himno a la paz que ha recorrido el mundo de habla hispana: “Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente…”
Si la indiferencia es la muerte del alma, si la indiferencia es la muerte en vida, si la indiferencia es acostarse con el egoísmo en un lecho de hielo, León Gieco es un canto al calor humano, a la hoguera donde se dora y reconforta el corazón que ha sufrido la derrota y la traición. Su poesía cantada es un llamado, una alerta, un pensamiento y una mano que se tiende a todo aquel o toda aquella que se niega a perder su capacidad para sentirse humana en y con los otros. Su trayectoria no se mide por sus éxitos, que los tiene indudablemente, se mide por su entrega a la música y a la canción que se unen para engrandecer la memoria histórica y la memoria del alma. Hay quienes le hablan únicamente a la memoria racional, al deber de no olvidar. Él no solo ha estado pendiente de la historia y la política, ha acudido al país de la libertad de donde regresa con una luz para recordarnos que los seres humanos padecemos siempre de dos hambres. Por eso afirma: “Búsquenme donde se esconde el sol, donde haya una canción; búsquenme a orillas del mar besando la espuma y la sal…”
Besar la espuma y la sal… Nada más delicado que un beso a la espuma y nada más áspero que un beso a la sal. Quizás esta conjunción sea la síntesis de su poética. Es un grito de dolor y esperanza al mismo tiempo.
Es un espacio para la ternura del amor solidario y la dureza del dolor de la crueldad. Es, en fin, algo como: “Hombres de hierro que no escuchan la voz, que no escuchan el grito, que no escuchan el llanto…” Es el encuentro de la denuncia radical amarrada a un papalote con la mirada de los y las niñas con hambre. Pero León Gieco no se queda en la comprobación de dónde viene: “Yo soy del continente del miedo, yo soy del continente del fuego…” porque con sus años a cuestas sabe porque lo vivió que: “Gente que avanza se puede matar pero los pensamientos quedarán…” y, por eso, llega a lo más profundo cuando afirma que son los jóvenes quienes traen el futuro: “Suelta, muchacho, tus pensamientos como anda suelto el viento. Sos la esperanza y la flor que vendrá en la nueva tierra…”.
Es un crimen que yo transcriba aquí algunos versos de sus canciones pues sin su melodía pierden lo mejor, ya que no sólo es un poeta sino que también es un gran compositor y un gran músico, producto de una vida dedicada a la investigación de ritmos y folclor. Sin renunciar nunca ni olvidar su origen “rockero”, siempre está innovando y recordándonos las dulzura de ciertos ritmos autóctonos. No quiero cerrar sin referirme a una de sus canciones, quizás, para mí una de las más bellas. Se llama Soy un pobre agujero y dice así:
y yo de abajo solo puedo ver el cielo.
Soy, soy, solo soy un pobre agujero.
Hace ya tiempo guardo hojas del invierno,
y revivo a veces un sapo sediento.
Ni siquiera soy el de la guitarra,
ni vendrán los arqueólogos en busca de un hueso.
No tengo cuerpo ni me sopla el viento,
para el arreglacalles quizás no molesto.
Hace ya tiempo que soy amigo de un trapo,
y de un solo gusano que el sol pone ciego.
Después de las lluvias crio renacuajos,
pero cuando se van quedo solo en silencio.
Vivo tranquilo en mi solo bolsillo
casi siempre vacío o de algún bicho pasajero.
Soy, soy, solo soy un pobre agujero.”
Los poetas que se tejen y se entretejen con los hilos de la vida y con los afluentes de la sencillez, le cantan a la cigarra como los líricos griegos, a la cebolla como Neruda, al pan que se quema en el horno como Vallejo, a la piedra pequeña como León Felipe. Este pobre agujero que, desde su rincón, cumple una función y deja que vayan y vengan las minúsculas presencias y así pone su granito de arena, no deja de ser una de las lecciones fundamentales que me da León Gieco. Pensar en lo más elemental con amor y respeto no es sólo un ejercicio de la imaginación y de la fantasía. Gieco viaja a la fantasía y a la imaginación para asaltar por sorpresa a la realidad.
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